Primero fueron las redes sociales. Después, Ceuta. Y ahora son los estadios marroquíes. La pancarta desplegada este fin de semana por los Winners 2005 —el principal grupo ultra del Wydad de Casablanca—, es el último episodio de una secuencia que empieza a ser difícil considerar como una simple sucesión de provocaciones futbolísticas: «Por Ceuta y Melilla, Marruecos no se rinde, ni su pueblo«. Escrita deliberadamente en castellano, como otras anteriores, la reivindicación tiene un destinatario evidente. Semanas antes, seguidores vinculados a Fatal Tigers —grupo ultra del MAS de Fez— habían exhibido otra pancarta con un mensaje similar: «Ceuta y Melilla: dos ciudades, una patria: Marruecos«.
El problema, sin embargo, no es una pancarta. Es la estructura capaz de colocarla, viralizarla y movilizar a miles de personas alrededor de un mensaje. Y ahí aparece una circunstancia que transforma lo ocurrido en algo que trasciende las relaciones entre España y Marruecos: dentro de cuatro años, ambos países, junto a Portugal, deberán organizar conjuntamente el Mundial de fútbol. No compartirán únicamente partidos y estadios. Tendrán que compartir inteligencia, dispositivos policiales, información sobre aficionados radicales, movimientos transfronterizos y una arquitectura de seguridad común capaz de proteger el mayor acontecimiento deportivo del planeta. Por eso conviene mirar ahora hacia Ceuta y preguntarse hasta qué punto algunas de las señales aparecidas durante los últimos meses están siendo suficientemente analizadas.
La advertencia de los expertos
El informe elaborado por el Centro Nacional de Inmigración y Fronteras para la Audiencia Nacional sobre la entrada masiva de los días 30 y 31 de julio describe aquello como una operación «planificada» y no «espontánea», y sitúa entre sus organizadores y ejecutores a personas vinculadas a las fuerzas de seguridad marroquíes.
El documento concede además una importancia determinante a las comunicaciones previas y señala la existencia de comportamientos compatibles con una monitorización o control de lo que estaba ocurriendo al otro lado de la frontera. Días después se hicieron públicos documentos del Centro Nacional de Inteligencia (CNI) que acreditaban que, ya el 29 de julio, circulaban convocatorias específicas en grupos de WhatsApp y Facebook con decenas de miles de seguidores para intentar entrar en Ceuta aprovechando las celebraciones de la Fiesta del Trono.
Sobre ese escenario han puesto ahora el foco el doctor David Docal, director del Centro de Estudios e Iniciativas sobre Discriminación y Violencia (CEIDIV), y el criminólogo Joan Caballero, investigador del centro y experto en Grupos Urbanos Violentos. Ambos llevan años estudiando la evolución de estas organizaciones, sus procesos de radicalización y su capacidad para trasladar su actividad desde la calle y los estadios hasta las redes sociales. Sus investigaciones apuntan a la presencia en los acontecimientos de Ceuta de integrantes o simpatizantes relacionados con grupos ultras marroquíes y documentan, entre otros elementos, simbología de los Green Boys del Raja de Casablanca entre algunos de los jóvenes llegados a territorio español. La preocupación no se limita a quién estaba allí, sino a la estructura existente detrás y a su capacidad para transformar una consigna difundida digitalmente en una movilización real.

«El riesgo no está en una pancarta aislada, sino en comprobar que detrás existe una estructura organizada, con capacidad de comunicación y movilización. Cuando esa capacidad se pone al servicio de una reivindicación política, las autoridades deben analizar el fenómeno antes de que dé un paso más«, advierte Docal.
El propio análisis de CEIDIV encaja con informaciones publicadas a partir de la investigación sobre Ceuta, en las que aparecen referencias a aficionados relacionados con el Maghreb Atlético de Tetuán y el Raja Casablanca, así como a la presencia en territorio español de jóvenes vinculados a esos entornos ultras. Nada de ello permite responsabilizar genéricamente a las aficiones marroquíes, y mucho menos a la sociedad del país. Sí permite formular una pregunta suficientemente seria: si determinadas estructuras ultras están siendo utilizadas para trasladar reivindicaciones políticas desde las redes hasta la calle y desde la calle hasta los estadios, ¿es prudente esperar a que el fenómeno alcance una dimensión mayor antes de actuar?
«Ceuta y Melilla son marroquíes»
Los acontecimientos posteriores no aconsejan precisamente mirar hacia otro lado. A las pancartas del MAS de Fez y del Wydad se ha sumado otro episodio especialmente significativo: durante el encuentro disputado el 25 de septiembre entre Marruecos y Gabón en Rabat se escucharon desde la grada cánticos de «Ceuta y Melilla son marroquíes». CEIDIV ha incorporado el episodio a su análisis y el activista saharaui Taleb Alisalem difundió posteriormente imágenes grabadas durante el partido. No sería riguroso convertir unos cánticos en la expresión de todo un estadio ni, mucho menos, de un país. Pero sí constatar que la reivindicación territorial ya no aparece únicamente en sectores ultras de clubes concretos, sino también alrededor de la selección nacional.
Ahí reside precisamente la advertencia de Docal y Caballero. Los grupos ultras más radicalizados no son simplemente aficionados especialmente ruidosos, sino estructuras capaces de generar identidad, jerarquías, canales propios de comunicación, lealtades internas y una notable capacidad logística. Cuando a todo ello se añade una reivindicación política o territorial, el problema deja de ser exclusivamente deportivo. CEIDIV recomienda investigar ahora sus conexiones, responsables y mecanismos de movilización, tanto por parte de las autoridades españolas como de las marroquíes, antes de que una situación que todavía puede ser abordada termine consolidándose.
«En seguridad, esperar a que se produzca el incidente para empezar a estudiar el problema significa llegar tarde. Prevenir no es alarmar: es conocer quién moviliza, cómo lo hace, qué canales utiliza y hasta dónde alcanza su capacidad de convocatoria«, señala Docal. La posición de CEIDIV puede resumirse, por tanto, en una disyuntiva deliberadamente sencilla: reflexionar o actuar. Y su recomendación es actuar.
Pregunta para la FIFA: ¿está haciendo algo al respecto?
Es en este punto donde FIFA deja de poder observar el problema desde la distancia. España, Portugal y Marruecos serán anfitriones conjuntos del Mundial 2030 y la seguridad será necesariamente compartida. Si uno de los tres países presenta focos de radicalización vinculados al fútbol, el problema termina afectando a los otros dos. Por eso resulta legítimo preguntarse qué conoce FIFA sobre las investigaciones relacionadas con Ceuta, si ha solicitado información a la Federación Marroquí, si está analizando la sucesión de mensajes políticos aparecidos en sus estadios o si existe ya una evaluación específica sobre organizaciones capaces de movilizar rápidamente a miles de personas mediante redes sociales. La cuestión de fondo es todavía más sencilla: ¿cuándo deja una reivindicación política en una grada de ser un asunto doméstico para convertirse en un problema del propio Mundial?
Es precisamente aquí donde Docal reclama anticipación, no alarmismo, e introduce también en la ecuación al futuro Comité Organizador, en el que necesariamente deberán trabajar de manera coordinada los tres países: «Quedan cuatro años y precisamente por eso estamos a tiempo. FIFA y el futuro Comité Organizador deben incorporar desde ahora este fenómeno a sus análisis de riesgo y trabajar coordinadamente con los tres países. El peor escenario sería llegar a 2030 y descubrir que las señales estaban ahí, que las conocíamos, pero que no actuamos a tiempo«.
La cuestión adquiere además una especial dimensión institucional. Gianni Infantino ha anunciado que volverá a presentarse a la presidencia de FIFA y la elección formal tendrá lugar el 18 de marzo de 2027 en Rabat, durante el 77.º Congreso del organismo. Pero el calendario introduce una fecha mucho más próxima: el próximo 23 de noviembre FIFA celebrará un Congreso extraordinario por videoconferencia, con participación de sus 211 federaciones. Para entonces habrá quedado despejada una incógnita fundamental. El plazo para presentar candidaturas a la presidencia concluye cinco días antes, el 18 de noviembre, de manera que cuando se celebre ese Congreso ya se sabrá si Infantino tendrá rival o si afrontará sin oposición conocida el camino hacia su reelección en Rabat.
Nada de ello permite establecer una relación entre el proceso electoral y la respuesta de FIFA ante los acontecimientos que se están produciendo en Marruecos, ni sería riguroso hacerlo. Pero el calendario obliga a extremar la transparencia y permite formular preguntas. El Congreso que elegirá al presidente se celebrará en Marruecos, las 211 federaciones dispondrán de voto y 54 de ellas pertenecen a la Confederación Africana. Quien resulte elegido en Rabat, además, dirigirá FIFA durante los años decisivos de preparación del Mundial 2030. Precisamente por eso cualquier riesgo que pueda afectar a la seguridad de la competición debería ser analizado con absoluta independencia de calendarios electorales, apoyos federativos o equilibrios entre confederaciones.
No hace falta hablar de un segundo FIFA Gate para formular una exigencia elemental. La FIFA que emergió de aquel escándalo prometió una gobernanza más transparente, independiente y sometida a mayores controles. Lo que ahora se espera de ella no es que convierta cada pancarta en un conflicto diplomático, sino que haga exactamente lo contrario de lo que tantas veces ocurrió en el pasado: detectar los riesgos cuando aún son gestionables y no cuando ya se han convertido en crisis.
El error, por otra parte, sería presentar este asunto como un enfrentamiento entre España y Marruecos. Marruecos será imprescindible para garantizar la seguridad del Mundial, del mismo modo que lo serán España y Portugal. Una organización compartida exige corresponsabilidad, pero también confianza y fiabilidad entre socios: compartir información, anticipar riesgos y tener la certeza de que cualquiera de ellos actuará cuando detecte una amenaza que pueda afectar al conjunto. Precisamente por ello interesa a los tres organizadores conocer, controlar y desactivar cualquier estructura radical antes de que pueda convertirse en un problema mayor. Desde finales de julio se han sucedido además nuevas alertas en Ceuta y Melilla ante posibles intentos de entrada masiva, con convocatorias difundidas a través de redes sociales y refuerzos policiales a ambos lados de la frontera.
Cuatro años pueden parecer mucho cuando se contempla 2030 desde un calendario. Son bastante menos cuando se habla de identificar organizaciones, conocer liderazgos, analizar canales de comunicación, mejorar el intercambio de inteligencia y establecer mecanismos conjuntos de prevención. Porque en materia de seguridad la corresponsabilidad no consiste únicamente en actuar juntos cuando surge el problema, sino en poder confiar en que cada socio hará antes la parte que le corresponde.
Ni todas las pancartas anuncian una amenaza ni todos los cánticos conducen a la violencia. Pero cuando a las pancartas y los cánticos se suman redes sociales, capacidad de movilización, estructuras organizadas y presencia de personas relacionadas con esos entornos en acontecimientos como los de Ceuta, seguir contemplando cada episodio de manera aislada empieza a resultar demasiado cómodo. Los problemas que se dejan larvar tienen precisamente esa característica: durante mucho tiempo siempre existe una explicación para no actuar, hasta que deja de haberla.
CEIDIV ya ha formulado la pregunta: reflexionar o actuar. A cuatro años del Mundial, quizá sea FIFA —y el futuro Comité Organizador de España, Portugal y Marruecos— quien tenga que empezar a responderla.
Fuente: https://www.libertaddigital.com/deportes/futbol/2026-09-29/ceuta-los-ultras-marroquies-y-la-amenaza-que-el-mundial-2030-no-debe-ignorar-7467114/?utm_source=rss&utm_medium=feed&utm_campaign=Libertad+Digital%3A+Invierte+en
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