
Hace muchos años Andalucía era una tierra próspera entre el Mediterráneo y el Atlántico, entre Europa y África, que se encaminaba hacia su autonomía dentro de un marco liberal español empeñado en acercar el poder al ciudadano. Las autonomías debían ser el eslabón necesario entre el municipio y el Estado central, y de paso servir para calmar el supremacismo identitario de abertzales y catalanistas. Mientras unos totalitarios vascos y catalanes se levantaban en armas, la inmensa mayoría de andaluces se levantaron en urnas: no eran menos que nadie y exigieron una autonomía de primera. Café para todos, no café para unos y achicoria para el resto.
Pero al tiempo que los andaluces se negaban a que los supremacistas de ocho apellidos étnicos los mirasen por encima del hombro, cometieron dos errores en la configuración de su autonomía.
El primero fue situar la capital en Sevilla, repitiendo el pecado del centralismo, que simplemente se trasladó de las orillas del Manzanares a las del Guadalquivir. La capital debió ser Antequera: centro geográfico y simbólico de la región. En su lugar, la hegemonía política quedó en manos de unos señores de Sevilla —de Felipe González a Rafael Escuredo, pasando por Alfonso Guerra, Rodríguez de la Borbolla, el andalucista Rojas Marcos y el comunista Fernando Soto— a los que pillaba más cerca la Alameda de Hércules que el Torcal, no digamos el Albaicín.
Ser sevillanos no fue lo único que tuvo en común la casta hegemónica andaluza: eran casi todos de izquierdas. Y de ahí nació el segundo error, mucho más grave y trágico, cuyas consecuencias vemos hoy en forma de invasión marroquí de Ceuta y Melilla. Ambas ciudades deberían haber formado parte de la comunidad autónoma andaluza, pero fueron sacrificadas en el altar del electoralismo de las izquierdas y de la ideología «descolonizadora» —filoislamista, en el fondo— de buena parte de la izquierda andaluza y española —a rebufo de Blas Infante, el Sabino Arana del sur– que creyó que entregar las dos ciudades africanas nos convertiría en unos progresistas solidarios con los exóticos sátrapas magrebíes.
Eran los tiempos en que Juan Goytisolo se paseaba por Marrakech abjurando de España y celebrando siglos bajo dominación musulmana. Lo llamaba eufórico «su vocación tercermundista». No hacía sino hacer explícito lo que late en el subconsciente de gran parte de la izquierda española: convertir a España en un Estado fallido, una nación fracturada y un proyecto colectivo empobrecido.
Para demostrar la traición de las izquierdas a Ceuta y Melilla para que no formase parte de Andalucía, baste lo que escribió en su momento Félix Bayón en 1978: «La cuestión de fondo, dicen hoy los socialistas, residía exclusivamente en que, si acudían los ceutíes y melillenses, los centristas pasarían de ser minoría a ser mayoría dentro de la asamblea de parlamentarios andaluces».
En el escudo de Andalucía figuran las columnas de Hércules. La leyenda sitúa una en Gibraltar y otra en Ceuta. Paradójicamente, ni una ni otra pertenecen a Andalucía: la primera porque sigue siendo colonia inglesa; la segunda porque los socialistas andaluces se negaron a acogerla en tierra andaluza a cambio de un par de escaños.
Y, aquí llega la segunda traición: prenden entregarlas a Marruecos porque las consideran colonias, «enclaves en suelo marroquí». Una de las ideologías tóxicas que domina la academia orientada a la izquierda (casi toda) es la «descolonización». Durante la Transición, la llamaban «internacionalización». Viendo lo que se conspiraba contra ellos, los ceutíes movilizaron una gran manifestación el 3 de septiembre de 1977 bajo el lema «¡¡Esto es España!!«. Ahora están recuperando aquellas pancartas contra Sánchez, Robles, Marlaska… Cuando Hasán II amenazó con hacer en Ceuta y Melilla un asalto como el del Sáhara, Suárez le respondió que bombarderíamos Marrakech. Ahora Mohammed VI nos asalta de manera taimada y Sánchez bombardea Marrakech, sí, pero con halagos y millones.
Si Ceuta y Melilla estuvieran integradas en Andalucía, contarían con un respaldo institucional muy superior. Hoy sería posible reintegrarlas, aunque exigiría una reforma constitucional. Del PSOE, entregado de pies y manos a la teocracia dictatorial marroquí, no cabe esperar nada. Con el PP y Vox al borde de una «mayoría constitucional» cabe la posibilidad.
La tercera triste traición por parte de la izquierda ha sido impedir que vaya el Rey, lo que significa no solo que se las abandona a su suerte sino que se atenta contra el papel institucional y el poder constitucional del monarca en cuanto que símbolo de la unidad y permanencia de España, además de asumir la más alta representación del Estado español en las relaciones internacionales. Salvo respecto al golpismo militar y catalanista, nunca ha sido tan necesaria la presencia del Rey como ahora en Ceuta, lo que Pedro Sánchez impide tanto por irresponsabilidad política, sometimiento internacional y envidia personal respecto a Felipe VI.
Todo ello, claro está, dando por hecho que los ceutíes y los melillenses estén por la labor. Pero que no se engañen: la izquierda hoy (me temo que algunos gerifaltes diplomáticos en la derecha también) comparten la misma visión «descolonizadora» que tenía Juan Goytisolo, por lo que consideran que Ceuta y Melilla son de derecho marroquíes. La espada de Damocles sobre las dos ciudades españolas y andaluzas la empuña hoy Mohammed, mientras Sánchez se retira con el rabo entre las piernas prometiendo, eso sí, el oro y el moro. Goytisolo era un traidor pero, al menos, avisaba.
Fuente: https://www.libertaddigital.com/espana/politica/2026-08-24/santiago-navajas-las-tres-tristes-traiciones-del-psoe-a-ceuta-y-melilla-7450857/?utm_source=rss&utm_medium=feed&utm_campaign=Libertad+Digital%3A+Invierte+en
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