El año de trumpismo intenso de la segunda legislatura del presidente estadounidense, parece haber despertado de la cómoda siesta tecnológica a Europa. Se acumulan las voces que instan a un urgente despertar de sus instituciones, de sus cargos, de sus empresas. Se sabe que de esa soberanía tecnológica dependen otras muchas cosas, como la soberanía económica, la soberanía financiera y, en definitiva, la soberanía política.
Precisamente el concepto de soberanía tiene sus raíces en la filosofía política del largo proceso que va del feudalismo a la racionalidad moderna y capitalista, políticamente asentada sobre la simbiosis nación-estado. Se atribuye a Jean Bodin, en su obra Los seis libros de la República, la definición moderna como el poder supremo, absoluto y perpetuo del Estado.
Un ciudadano es soberano, si su Estado es soberano
Un poder primeramente asociado a la figura de un rey, dibujado como dispositivo para imponer el orden frente al caos feudal y religioso. Después, la mejor cadena de pensamiento político que va desde Hobbes a Rousseau situó la soberanía en suelo democrático. La soberanía como el poder de un Estado que sirve a sus ciudadanos, de los que depende. Los ciudadanos son soberanos en la medida que lo son los Estados o las estructuras supraestatales que dependen de ellos y de las que, a la vez, dependen.
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Un ciudadano es soberano, si su Estado es soberano. Un ciudadano europeo es soberano, si Europa es soberana. En una ciudadanía atravesada tecnológicamente, incluso a las que algunos dan la pomposa denominación de ciudadanía digital, sólo se dispondrá de soberanía -para usarla como consumidor de productos o informaciones- si la estructura política en la que se inscribe -Estado o macroestado- la tiene.
Europa y los europeos se han dado cuenta de que se les ha escapado la soberanía tecnológica. Ya no es un tema de la asignatura Historia de las Ideas, asignatura que tuve la suerte de disfrutar con el magisterio de Carmen Iglesias. Es algo del día a día. Quienes desde instituciones europeas han hurgado en las actuaciones de algunas empresas tecnológicas estadounidenses o se han visto obligados a sumergirse en la legalidad de actuaciones del actual gobierno norteamericano o sus aliados más cercanos se han encontrado con extrañas sorpresas.
Soberanía tecnológica
Se han encontrado con la cancelación de sus cuentas en Amazon, la retirada de tarjetas de crédito y otros medios de pago o la imposibilidad de reservar hoteles de cadenas norteamericanas. Eso es darse de bruces con la ausencia de soberanía. Si esto es grave, teniendo en cuenta que se trata de personas que trabajan para instituciones europeas, es para echarse a temblar si se piensa que las empresas y las administraciones públicas de los países europeos, incluyendo el ejército, está bajo la mediación de patrones e instrumentos tecnológicos estadounidenses.
Yendo más al núcleo de la cuestión, la soberanía tecnológica se refiere a la capacidad de un Estado, una comunidad o una organización para decidir, controlar y desarrollar sus propias tecnologías sin depender de manera crítica de actores externos, posibilitando mantener su autonomía política, económica o cultural.
El grado de soberanía tecnológica de Europa es actualmente limitado. Depende significativamente de tecnología de Estados Unidos y de China. Ambos países han competido durante años por hacerse con el cliente-consumidor tecnológico europeo. Competencia que no gusta al actual inquilino de la Casa Blanca, resolviéndolo por la vía de imponer su poder y exigir a los países europeos el consumo de tecnología estadounidense. Así, el cliente corre el peligro de convertirse en vasallo.
Infraestructuras controladas desde Estados Unidos
Cerca del 92% de los datos occidentales se almacenan en infraestructuras controladas desde Estados Unidos. Casi el 70% del mercado de infraestructura en la nube en la UE está controlado por empresas estadounidenses. Solo e 13% se encuentra ofrecido por proveedores europeos. Europa produce solo alrededor del 10% de los semiconductores globales, muy por debajo de países como China o Taiwan.
En tecnologías emergentes como inteligencia artificial (IA), Europa sigue invirtiendo menos que Estados Unidos o China. Europa atrae solo alrededor del 7% de la inversión mundial en IA, frente al 40% en el país norteamericano.
Situación que es bien conocida por las instituciones de la UE. De hecho, se han puesto en marcha distintas e interesantes iniciativas: la Cloud and AI Development Act o la AI Continent Action Plan, para impulsar capacidad de IA propias, centros de datos europeos y potencial de computación en la UE, reduciendo la dependencia de plataformas estadounidenses o chinas.
Llamada urgente a las instituciones europeas
En el mismo sentido de recuperar soberanía tecnológica, se encuentran la European Chips Act, para desarrollar y producir semiconductores avanzados dentro de Europa. Buenas intenciones y seguramente buenas iniciativas; pero la sensación de que caminan muy lentamente en una realidad acelerada, tan fluida como un líquido de soberanía que se escapa entre los dedos políticos y regulatorios de las instituciones europeas.
En nuestro querido campo blockchainiano y áreas afines, esa articulación de buenas intenciones y lentas operaciones se está viviendo intensamente. Se ha puesto de relieve en Observatorio Blocckhain durante esta semana pasada. Hemos visto como varios operadores de infraestructuras de mercado autorizadas bajo el DLT Pilot Regime ha lanzado una llamada urgente a las instituciones europeas para que actúen de inmediato y corrijan las limitaciones del actual marco regulatorio de infraestructuras de mercado basadas en tecnología de registro distribuido.
Stablecoins vinculadas al dólar estadounidense
Nuestra propia Comisión Nacional del Mercado de Valores (CNMV), en su informe sobre el estado de los activos digitales, advierte que el sostenido crecimiento y consolidación de las stablecoins vinculadas al dólar estadounidense tiene implicaciones relevantes para la estrategia financiera europea. Si el mundo de las transacciones internacionales se mueve en stablecoins vinculadas al dólar estadounidense, la capacidad de regularlas está en quien gestiona el dólar estadounidense. Obviamente, no son instituciones europeas. Ejemplo futuro de pérdida de soberanía, derivada de reducción de la soberanía tecnológica.
Europa tiene empresas, talento y una buena regulación en protección de derechos digitales. Pero parece claro que, junto a mantenerse como abanderado ético del universo digital, requiere un fuerte impulso de su ecosistema de innovación, lo que incluye las propias empresas, centros de investigación y universidades. También y ya que aparece como campeona de la regulación, unas normas ágiles con contenidos y procesos de aplicación adaptados a una realidad aceleradamente cambiantes.

