Decía la ministra de Vivienda, Isabel Rodríguez, que «tenía un cacao…». Con tiempo y mucha voluntad he podido leer los dos reales decretos aprobados esta semana y he de admitir que me solidarizo con ella: yo también tengo un lío de aúpa después de analizar los textos. Menudo cacao.
Los más jóvenes del lugar quizá no recuerden a las deslumbrantes muchachas que realizaban sus bailoteos al son de la pegajosa melodía del Cacao Maravillao en los platós noventeros de Telecinco. Aquel hipnótico espectáculo irrumpía en el plató de VIP Noche enamorando a los españoles, que acudían a sus supermercados preguntando por tan maravilloso producto de connotaciones brasileñas. El asunto era que detrás de ese baile de plumas y caderas, de aquella machacona canción, de aquella explosión de alegría del Cacao Maravillao… no había nada. El producto no existía.
Algo parecido a un revival de aquel numerito musical nos han preparado entre los unos y los otros anunciándonos un real decreto maravilloso, casi mágico, que solucionará la «emergencia habitacional» que vive España. Suene la cantilena de siempre: rentista, especulador, buitre… Adelante con el desahucio televisado -¡incluyan ambulancia!- y desfilen los representantes de la cultura -reciten poema de Alberti-. Que irrumpa el cuerpo de baile con batucada en Sol, que allí nos quedamos. Repítanse una y otra vez en todas las televisiones que nuestro cacao solucionará el problema en un santiamén cual bálsamo de Fierabrás.
Que, dirá usted, si tan mágicas son estas medidas, ¿por qué no las aplicaron antes? Pues porque, caballero, señora, no existe tal bálsamo como no existió el Cacao Maravillao. Porque todo el tinglado con el que nos están mareando desde los últimos diez días es una ilusión fantástica, una escenografía deslumbrante tan efectista como vacía. Estas nuevas normas no solo no nos surtirán a todos de pisos de noventa metros cuadrados en Retiro por 400 € al mes para toda la vida sino que, además, nos perjudicarán a todos duramente de manera inmediata, y especialmente a las clases menos favorecidas.
Sin entrar en detalle en el aluvión de ideas felices de los reales decretos aprobados por el Gobierno, todas ellas suponen desequilibrar aún más la relación entre inquilino y propietario, teniendo que soportar este una usurpación de su derecho a la propiedad privada. Por lógica, los propietarios evitarán alquilar a todos aquellos con más probabilidades de declararse vulnerables. Véase: personas con menos recursos, familias con hijos, jóvenes, inmigrantes y mayores. Estos tendrán muy difícil el acceso a la vivienda en alquiler.
Además, los propietarios intentarán cubrirse de posibles riesgos futuros y de la tercermundista inseguridad jurídica que vivimos aplicando una prima de riesgo a la renta.
Otros, velando por su vivienda y su salud mental, optarán por dejar el inmueble vacío o venderlo. Y esas ventas podrán ser abonadas solo por los más ricos. Menos viviendas en alquiler, más personas demandando alquiler: subida de precios.
Independientemente de si se aprueban o no, los reales decretos son un paso intervencionista más en un mercado ya hiperregulado que está demostrando resentirse gravemente desde que este Gobierno empezó a meterle mano.
En resumen, la norma traerá una fuerte contracción de la oferta que hará subir los precios y miles de personas serán expulsadas del mercado. Cacaooo Maravillaooo…
Demasiado sacrificio para desviar la atención de los 80.000 españoles vulnerables de Ceuta.
Fuente: https://www.libertaddigital.com/libremercado/2026-10-02/alberto-alonso-la-vivienda-y-el-cacao-maravillao-7469194/?utm_source=rss&utm_medium=feed&utm_campaign=Libertad+Digital%3A+Invierte+en
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