La victoria del laborista Keir Starmer en 2024 con una mayoría aplastante parecía poner fin a casi una década de inestabilidad permanente en Reino Unido desatada por el referéndum del Brexit de 2016. Pero aquello ha sido un espejismo. Un año y medio después de ganar el 63% de los escaños del parlamento británico con apenas el 33% de los votos, Starmer está hundido en las encuestas, su propio partido está al borde de la rebelión, la economía sigue estancada y la crisis política no ha hecho sino recrudecerse. Y el bono, que se había relajado tras los últimos presupuestos, ha vuelto a repuntar a niveles del pasado mes de noviembre. La rueda de hámster en la que está atrapado el país no tiene visos de frenar.
Reino Unido sigue pagando la ola populista que desencadenó el Brexit y que no ha hecho más que empeorar la situación y empobrecer el país desde entonces. Una nación cuyos primeros ministros duraban décadas en el cargo va camino de convertirse en aquella Italia que tumbaba a su gobierno cada seis meses. «No es bueno para el país cambiar de primer ministro cada 18 meses o cada dos años», decía el ministro de Trabajo, Pat McFadden, a Sky News el domingo. «Está generando caos e incertidumbre económica, política y reputacional en todo el mundo». Si Starmer aguanta en el cargo hasta julio, solo habrá empatado en antigüedad con su predecesor, Rishi Sunak. Ahora mismo, las apuestas no están a su favor, después de un escándalo haya sacudido al Gobierno y haya dejado a Starmer al borde del barranco.
El último capítulo de la crisis infinita ha venido de la mano de los llamados ‘Papeles de Epstein’, los documentos que el Gobierno de EEUU está publicando de forma parcial después de que el Congreso de EEUU ordenara su desclasificación completa. Pese a que el Ejecutivo de Donald Trump se resiste a publicarlos todos, como ya debería haber hecho hace dos meses, sí que ha lanzado millones de archivos a la web. Y, junto al ya ex príncipe Andrés, varios de ellos incluían referencias a Peter Mandelson, embajador de Reino Unido en Washington, histórica figura laborista, parlamentario en la Cámara de los Lores y conocido como el «Señor de la Oscuridad» por su manejo de las ‘artes oscuras’ de la política.
El escándalo ha sacudido al país. Starmer cesó a Mandelson en octubre y la semana pasada le exigió su dimisión de los Lores. Su marcha se ha llevado por delante a su jefe de gabinete, Morgan McSweeney, que fue quien sugirió reemplazar a la anterior embajadora en EEUU, la diplomática de carrera Karen Pierce, y poner en su lugar a un político capaz de usar sus ‘artes oscuras’ para negociar con Trump. Por si fuera poco, esta mañana ha dimitido el jefe de comunicaciones de Downing Street, Tim Allen.
Pero la crisis no acaba con Mandelson. Los barones del partido apuntan a Starmer, por este escándalo y su débil gestión. El líder de los laboristas escoceses, Anas Sarwar, ha pedido hoy mismo su dimisión. Hace dos semanas, el alcalde de Mánchester, Andy Burnham, pidió poder presentarse a una elección especial a diputado para disputar el liderazgo del partido a Starmer, aunque la dirección del partido se lo prohibió. Y hay más candidatos para una candidatura alternativa: el ministro de Sanidad, Wes Streeting; la ex ministra de Vivienda y ex vice primera ministra, Angela Rayner; y el ministro de Energía y ex líder del partido entre 2010 y 2015, Ed Miliband.
Miedo al día después
Todo este caos ha rescatado los peores recuerdos de los años de caos de Liz Truss. La ministra de Economía de Starmer, Rachel Reeves, lleva desde el primer día insistiendo en dar una imagen de seriedad fiscal y estabilidad para evitar las sacudidas que persiguieron a los últimos gobiernos conservadores. Pese a numerosos giros y un caos comunicativo que ya es marca de la casa de este Gobierno, los presupuestos en sí han satisfecho a los mercados. El miedo es que el que venga después rompa con el control fiscal autoimpuesto por Starmer y se lance a disparar el gasto público sin control. La tensión política ha empujado a los bonos a 10 años al 4,60%, máximos de noviembre, y ha llevado a la libra a caer un 0,7% contra el euro.
La raíz del problema es que la economía lleva estancada desde hace años. El Brexit ha supuesto un durísimo golpe económico y los sucesivos gobiernos, tanto ‘Tories’ como laboristas, han subido los impuestos a sus niveles más altos desde la II Guerra Mundial. Pero eso no ha bastado para solucionar la crisis de servicios públicos: sanidad, educación, carreteras, servicios sociales y cuidados a mayores llevan una década de recortes durísimos. Muchos de sus grandes ayuntamientos están en quiebra. Y su proyecto de tren de alta velocidad se ha convertido casi en un chiste tras décadas de retrasos, un proyecto que encoge cada pocos años y unos costes estratosféricos. La deuda pública está controlada, sí, pero en el 105%, un nivel aceptable en comparación con otros países europeos como Francia o Italia, pero que deja poco margen de maniobra. La situación recuerda a aquel dicho futbolístico sobre la manta: «Si te tapas los pies, te destapas la cabeza, y si te tapas la cabeza, te destapas los pies«. Los mercados temen que el siguiente primer ministro cambie de opinión y prefiera aumentar con fuerza la inversión en servicios públicos a costa de destapar el control presupuestario.
Ven Ram, estratega macro de Bloomberg, advertía hoy de que «Se ha vuelto a añadir una prima de riesgo político a los activos del Reino Unido, frustrando una vez más una posible carrera hacia los bonos a largo plazo. La preocupación en los mercados es que cualquier sucesor sea fiscalmente más laxo», advierte. Aun así, el recuerdo del ‘Momento Truss’, con el infausto ‘minipresupuesto’ que disparó los bonos y obligó al Banco de Inglaterra a intervenir para evitar una crisis mayor, sigue vivo en la mente de todos los políticos. Eric Lonergan, director de macroeconomía discrecional de Calibrate Partner, dice que «existe un amplio consenso político que está aterrorizado por el mercado de bonos. Incluso después de Starmer, preveo una política fiscal restrictiva y prudente, pero también volatilidad entre medias».
La clave, sin embargo, es que la gran debilidad de Starmer está a su izquierda, un flanco que ha dejado prácticamente abierto para concentrarse en su derecha. McSweeney ha empujado a Starmer a abandonar gran parte del programa tradicional laborista y dar un giro brusco a la derecha para dirigirse a los votantes de Reform UK, el partido antiinmigración del populista Nigel Farage, artífice del Brexit. Este movimiento le ha dejado en tierra de nadie: los votantes de la derecha populista no han dado ningún crédito al Gobierno por sus restricciones migratorias o su defensa de la salida de la UE; pero sus votantes de izquierdas sí han abandonado el partido en masa hacia otros progresistas, como los Liberales o los Verdes, que apoyan un acercamiento a la UE con vistas a un regreso completo y una política migratoria más abierta. Los propios diputados del partido se han rebelado varias veces contra Starmer, forzándole a mantener las ayudas a personas con discapacidad o ampliar las ayudas a las familias pobres, que hasta ahora estaban limitadas a las que tuvieran un máximo de dos niños. Desde luego, la política de McSweeney de enfadar a sus propios votantes ha dado resultados, aunque quizá no los que esperaba: Starmer vaga por las encuestas, con un -50 de valoración (15% aprueba, 65% rechaza) y el Partido Laborista pena con menos del 20% de intención de voto. Sus cifras son peores incluso que las de Truss, hasta ahora el ‘patrón oro’ de los fracasos políticos en Reino Unido.
Hay brotes verdes en el horizonte… pero aún lejanos
La mayor esperanza para Starmer son las señales de ‘brotes verdes’ que ya se dejan ver por la economía. Berenberg, en una nota a los inversores, apuntaba hoy a que «si la inflación vuelve a bajar al 2% interanual, como prevemos, sospechamos que el Banco de Inglaterra bajará el tipo de interés al 3%. Esto mantendría la tendencia alcista del crecimiento del crédito bancario y estabilizaría el empleo». Así, según sus cálculos, el PIB pasaría de crecer un 0,9% en 2026 a «el 1,6% en 2027 y el 1,7% en 2028». Un repunte económico justo a tiempo para las próximas elecciones generales, que permitiría al Gobierno lanzar un paquete de gasto extra preelectoral y aprovechar la ‘alegría’ entre las familias.
Sin embargo, su mayor amenaza tiene nombre y apellidos: las elecciones municipales y regionales del 7 de mayo. Las encuestas apuntan a un derrumbe electoral de los laboristas en su feudo histórico, Gales, donde podrían perder el Gobierno autonómico por primera vez desde su creación y quedar relegados al tercer o incluso el cuarto puesto, intercambiando posiciones con los nacionalistas de izquierdas de Plaid Cymru, que se están llevando todos sus votos. Y en Escocia, donde fueron primera fuerza en las elecciones generales de 2024 tras una década en el desierto, las encuestas apuntan a que volverían a hundirse a costa de los nacionalistas escoceses (SNP), los Verdes y los Liberales. A eso se suman numerosos ayuntamientos en Inglaterra, en los que se arriesgan a perder centenares de concejales de los 2.000 que defienden.
Un descalabro laborista en las elecciones de mayo abriría la puerta a una rebelión mayor en el partido, ante la necesidad de hacer algo para frenar la sangría de apoyos. Pero varios diputados se preguntan por qué hay que esperar a tal catástrofe para cambiar al primer ministro en vez de hacerlo antes, con la esperanza de que una señal clara de un giro político les permita rescatar una parte de sus apoyos en los comicios.

